La maldición de la economía argentina

La maldición de la economía argentina

La maldición de la economía argentina data de hace tiempo. Hace un siglo, cuando Argentina era uno de los países más ricos del mundo, experimentaba una inflación anual media del 105%. Hoy es el principal deudor del Fondo Monetario y sufre una de las contracciones más graves de América por la pandemia. ¿Dónde reside la maldición de la economía argentina?

La maldición de la economía argentina viene de muy lejos. La actividad económica en Argentina se derrumbó durante el fatídico 2020. Los datos oficiales marcan una contracción del 10%, la más grave del continente junto con la de Perú, si se deja al margen la catástrofe venezolana. 

En 2002, cuando Argentina colapsó, la caída fue solo un poco superior a la actual: 10,9%. En este momento, la inflación es muy elevada, la moneda no deja de devaluarse, las reservas del Banco Central no llegan a 3.000 millones de dólares y cuatro de cada diez argentinos viven en la pobreza. El cuadro macroeconómico resulta muy alarmante. ¿Por qué repetimos el ciclo?

Perpetuos ciclos de quiebra y recuperación

Argentina está habituada a la quiebra y la recuperación, y al declive relativo. Desde hace exactamente un siglo, cuando era uno de los países más ricos del mundo (su PBI equivalía entonces al de Francia o Alemania), ha experimentado una inflación media del 105% anual. También cambió cinco veces de moneda: peso moneda nacional hasta 1969, peso ley hasta 1983, peso argentino hasta 1985, austral hasta 1991 y el actual peso. Desde 1980, ha suspendido cinco veces los pagos de su deuda externa (nadie en el mundo iguala esa marca de impagos). Además es, ahora mismo, el principal deudor del Fondo Monetario Internacional, con 44.000 millones de dólares a devolver.

El otro frente parecía aún más complejo: ¿cómo subsidiar a empresas y ciudadanos afectados por el confinamiento y abrupto paro de la actividad laboral por la pandemia? Sin acceso a los mercados de crédito, Martín Guzmán, ministro de Economía, tuvo que recurrir a la muy conocida fabricación de dinero.

El Banco Central emitió durante 2020 más de 1,2 billones de pesos. Incluso, fueron contratadas imprentas en Brasil y España porque las dos fábricas argentinas de moneda ya trabajaban las 24 horas) Esto suponía el riesgo de que la inflación se agravara. Como, en efecto, está sucediendo. 

¿Hasta cuándo seremos resilientes?

El país, pese a todo, sigue funcionando. Un buen ejemplo de continuidad frente a todas las dificultades pasadas y presentes lo ofrece Galfione y Cía, una empresa de hilaturas fundada por Hugo Galfione en 1947. El nieto de Hugo, Luciano Galfione, es hoy el director. La familia Galfione ha superado circunstancias casi impensables.

Entre ellas, se encuentran la hiperinflación o la fase de trueque posterior a 2001. Luciano Galfione paga mensualmente 150 nóminas, dirige tres empresas a pleno rendimiento y vive gracias al mercado interno.

La dificultad del mercado interno

El mercado interno es una de las claves de la dificultad argentina para mantener un crecimiento sostenido. Esta explica, en parte, la formidable presión inflacionaria. Nuestra economía está poco conectada con el comercio internacional.

Una comparación con Chile, un país con 19 millones de habitantes frente a los 44 de Argentina, basta para reflejar el fenómeno. Chile exporta por un importe cercano a los 70.000 millones de dólares y sus importaciones rondan los 59.000 millones. Argentina exporta por poco más de 60.000 millones de dólares, básicamente granos y carne, e importa por una cantidad semejante. El empresario Galfione se permite bromear: “Mirá lo rico que será el país que resiste a los argentinos”.

En 1984, cuando Argentina salía de su dictadura más tétrica, el premio Nobel de Economía Paul Samuelson (1915-2009) expresó sin bromear una idea parecida: “Argentina es el clásico ejemplo de una economía cuyo estancamiento relativo no parece ser consecuencia del clima, las divisiones raciales, la pobreza malthusiana o el atraso tecnológico. Es su sociedad, no su economía, la que parece estar enferma”.

Las crisis regresan porque nunca se fueron

“Es una suma de crisis”, dice Diego Sánchez-Ancochea, profesor de Economía Política para el Desarrollo en la Universidad de Oxford. “Argentina nunca termina de salir de sus crisis. Es así que aumentó su deuda en los ochenta y en los noventa trató de resolver el problema por la vía de las privatizaciones. Luego llegó la crisis de 2001 y 2002 por la vía del tipo de cambio. Se crean espacios de tranquilidad, pero no se resuelven nunca los problemas estructurales. Las crisis regresan porque nunca se fueron”.

País bimonetario

Una crisis endémica es la del peso. Las décadas de alta inflación y de erosión de la moneda, unidas al trauma del corralito de 2001-2002 , han hecho de Argentina un país bimonetario. Los precios del mercado inmobiliario, por ejemplo, se fijan en dólares.

“El dólar no es una variable más, sino un termómetro que refleja cómo van la economía y la política, además de un instrumento de ahorro”, señala Marina Luzzi, coautora junto a Ariel Wilkis del libro El dólar, historia de una moneda argentina.”Argentina nunca consigue generar tantos dólares como necesita”, agrega. Es por esta razón que, según Luzzi, los controles cambiarios son una necesidad.

Contradicción histórica

Argentina no logra superar la contradicción histórica entre las necesidades de su agricultura, la gran generadora de dólares y su industria, que funciona bajo una lógica proteccionista y casi autárquica. Esta continúa siendo resumida en una frase que los peronistas repiten incluso 70 años después: “Vivir con lo nuestro”.

La “maldición” de las materias primas

Douglas Southgate, profesor de la Ohio State University especializado en estudios latinoamericanos, lo explica así: “Argentina sufre una forma única de maldición de las materias primas originada en el sector agrícola. Su agricultura, que goza de una fuerte ventaja comparativa, emplea pocos trabajadores y las mejores tierras rurales se concentran en relativamente pocas manos. Por este motivo, el sector es el objetivo predilecto de los impuestos diseñados por políticos cuyos electores están empleados en otros sectores económicos”.

Y agrega: “La tributación de la agricultura argentina se traduce en un bajo desempeño crónico de la economía nacional, incluidas crisis frecuentes y severas”. Esto, en parte, explica la maldición de la economía argentina.

El campo y sus conflictos

En realidad, de forma directa o indirecta, el campo argentino emplea a más de dos millones de personas. Es decir, 14% de la población activa, y apenas aporta 10% al Producto Bruto Interno. Su auténtica fuerza, y el origen de sus conflictos por los impuestos y las retenciones, está en su competitividad. De cada 10 dólares que ingresan en el país por exportaciones, siete corresponden a la agricultura.

Sin la industria agroexportadora, apenas entrarían divisas.

Potencia industrial

El problema radica en que Argentina nunca llegó a ser potencia industrial. Sin embargo, pudo haberlo sido. Apostó a fondo por la política de sustitución de importaciones. En tanto, desde mediados del siglo XX, empezó a producir artículos de todo tipo para no tener que comprarlos fuera. Esa era la fórmula que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) recomendaba al conjunto del continente para desarrollar la economía y equilibrar las balanzas comerciales y de cuenta corriente.

La industria argentina fue fomentada y protegida hasta que la dictadura de 1976 rompió con esa política. “La lógica industrial muere con los milicos”, dice Luciano Galfione.

En 1976, cuando el mundo padecía la crisis de los choques petroleros, el PBI de Argentina ascendía a 51.000 millones de dólares. El de Corea del Sur era de 30.000 millones. Hoy, la economía argentina “pesa” algo más de 80.000 millones de dólares. La surcoreana (que hace medio siglo aceleró su industrialización gracias a unas condiciones laborales casi esclavistas y a la manipulación de los tipos de cambio) pesa 1,4 billones de dólares y es un fenómeno exportador.

Crecemos 10 años, nos caemos y volvemos al principio

“Hay algo fundamental, la falta de consistencia en las políticas macroeconómicas”, señala Néstor Castañeda, profesor del University College londinense y miembro del Institute of the Americas. “La estructura productiva es muy desequilibrada y necesita fuentes externas de financiación. Todo depende de las divisas que vienen de afuera. Cada vez que se contrae el comercio global o se produce un descenso en la entrada de inversiones extranjeras, surge un problema de reservas. No hay forma de solucionarlo. Por un lado, Argentina incumple los pagos y eso limita su acceso a los mercados de capitales. Por el otro, falta coordinación entre las políticas cambiaria, fiscal y monetaria. Se crece 10 años y luego se cae y se vuelve al punto de partida”.

Varias décadas perdidas

Suele considerarse que los años ochenta fueron la “década perdida” para la economía argentina. Terminó la dictadura y con Raúl Alfonsín llegó la democracia, pero también la hiperinflación. En 1989, los precios subieron más del 3.000%. En la fábrica de hilaturas, el padre de Luciano Galfione no hacía los balances en pesos, sino en kilos. Esto se debía a que era imposible saber el valor del producto.

Pese al dinero fácil de los noventa, cuando, con Carlos Menem, un peso equivalía a un dólar, y pese a los años dorados de Néstor Kirchner (2003-2007), en los que gracias al brutal saneamiento forzado por el colapso de 2001-2002 y al alza de los precios de la soja se logró crecer mucho con poca inflación, Argentina lleva muchas décadas perdidas.

El economista Martín Rapetti estima que, en términos reales, el producto bruto por habitante en Argentina es hoy casi el mismo que en 1974. Con el agravante de que la desigualdad entre ricos y pobres es mucho mayor. Casi medio siglo perdido.

Rapetti hace un pronóstico sombrío: contando con que la economía argentina crezca un 6% en 2021 y luego siga creciendo a un ritmo ininterrumpido del 4,5% anual, algo bastante improbable, no se recuperará el nivel de vida de 2011 hasta 2027.

Argentina sigue resistiendo a los argentinos

Es así que Argentina sobrevive como puede desde hace décadas. Parecería ser que la maldición de la economía Argentina es imparable. ¿Tendremos alguna época en la que realmente vivamos como seres humanos? ¿O habrá que seguir a merced de las decisiones de unos pocos que cambian absolutamente todo lo que hizo el Gobierno anterior, sin importar si era bueno o malo?

La elección, en última instancia, es nuestra. No debemos entregar nuestro poder tan fácilmente. En vez de la maldición de la economía argentina, deberíamos pensar en la ausencia de nuevas ideas y amor por lo ajeno de los que estuvieron y están a cargo. La maldición de la economía argentina no es un designio de Dios, sino hechos concretos creados por humanos que no siempre tienen el bien común como meta.

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